Sin propósito, no hay sostenibilidad

Charla compartida en Ladies Brunch Rosario, un muy lindo sábado de junio <3

 

 

¿Sin propósito, podemos ser sostenibles? Cuando comencé a pensar en la existencia de esta charla, empezó a pasar algo propio de la energía del Universo… se empezaron a cruzar una enormidad de textos, frases, canciones, tapas de libro, palabras de “La gente anda diciendo”.

Todo junto y no es casual. Como decía Steve Jobs, los puntos se conectan hacia atrás. O en este caso, hacia adelante, con el foco en esta jornada, en este rato que vamos a compartir, donde yo les contaré algunas de mis ideas vinculadas a esa búsqueda -que en mi caso es crónica- del propósito y el vínculo con la sostenibilidad, otra palabra/eje en auge.

Una de las palabras que se me cruzó, fue en el marco de una campaña de Adecco, que justamente promovía la consulta sobre el propósito: Si te ganaras la lotería: ¿Seguirías yendo a tu trabajo? 

Esa pregunta no es la que me atraviesa desde tiempos inmemoriables, básicamente porque la lotería ni siquiera ha estado atravesada en mis elecciones.  No era cuestión de azar la suerte, de tirar un número y ver qué ocurre. Siempre, el propósito, estuvo asociado al esfuerzo, a la búsqueda, incluso y hoy se combate mucho, al sacrificio, al darlo todo. “A sacate un diez, si das un diez, un 8 si la mejor versión de vos misma, es un 8, diría mi vieja”.

Es que hay preguntas que uno se hace siempre, hay  preguntas que uno empieza a hacerse y hay preguntas que, a muchas vida, nunca llega.  No es el caso de mi casa. No es mi caso, gdonde desde siempre la promoción de las elecciones, estuvieron “sobre el tapete”. Desde chiquitos, donde cada uno de nuestros cuatro hermanos, decidimos qué hacer, a qué jugar, qué comprarnos con los 10 pesos que nos regalaban eventualmente, hasta el momento de decidir una “carrera” y ante múltiples opciones y becas que “prometían un mejor futuro”, la familia siempre presente, provocando el rumbo: “elegí lo que quieras, si querés ser feliz, ya sabés qué tenés que hacer. Si decidís no ser feliz, avanzá con esas becas

Soy de Pujato, un pequeño pueblo del sur santafesino y si bien trabajé de “de todo”, el 3 de diciembre de 2010 fue uno de los días más felices de mi vida. Fue el primer día de Huellas Digitales”, mi primer taller de alfabetización digital en el Barrio República de La Sexta, en La Siberia, a una cuadra donde yo venía estudiando Comunicación Social. Empecé ese taller motivada por la clara consciencia de que superar una brecha, como era la digital, ayudaría a superar otras tantas brechas: sociales, económicas, cognitivas. Si yo, desde mi pequeño pueblo, con una familia humilde pero pujante, podía estudiar y estar rodeada de empresas de tecnología, todos deberían poder. Para ese entonces, había iniciado mi trabajo tecnológico a través de un profesor de Buenos Aires pero había empezado a sentir esta necesidad de dar más.

Mi vieja, cuando la llamo para contarle lo que había vivido, me preguntó ¿Conociste al amor de tu vida? Y quizás, si bien le respondí que no, que había salido de dar el taller, quizás si lo había conocido. Quizás un poco si lo había conocido. Ese día, empecé a sentir esa materialización del famoso propósito. Y que definitivamente, es, en primera instancia, conocerse a sí mismo. Es encontrarse a sí mismo. Es haberse empezado a escuchar. Porque si hoy me preguntan, puedo asegurarles que amo mi trabajo.

Ese día entendí lo que años después, podría definir como “vocación de comunidad”. Que es a su vez, una vocación vital.  El saber que cuando trabajas en desarrollo social, en construcción de lazos sociales, en fortalecer el entramado para lograr inclusión y abordar la vulnerabilidad, todas las horas, son para otros y otras, las horas son para alguien más, el esfuerzo te trasciende.

Peter Senge, en “La 5ta Disciplina”, asegura que comunidad se remonta a la palabra “mei”, del idioma indo europeo que significa cambio o intercambio. Después “mei” se combinó con “workkom”, que significa “con”. Y así surgió la palabra indo europea “kommein”: intercambio con todos..

Soy una apasionada del poder de las redes con otros. Las redes son un acto de confianza. En tecnología, sería un protocolo de handshake. Por eso es importante cuidarlas. Alimentarlas. Promoverlas. Darles un sentido. Las redes son energía. Son tráfico, son puro circulante de activos. Aunque muchas veces, necesitan de interfaces, necesitan re entramarse para operar y sobre todas las cosas, para sostenerse.

Huellas Digitales buscaba “llevar” lo aprendido en el universo de la web a espacios donde no suelen llegar con frecuencia ciertos conceptos, nociones y herramientas. Decidí que una manera interesante e intensa era devolver lo que “internet me había dado”, explicando y haciendo vivir la lógica digital a quienes más lo necesitasen, unificando así educación, tecnología e inclusión, pasiones e intereses personales. Siendo interfaz. Mi propósito. Una charla que me lleva a otra. Y en esa otra, un inversor que me recomienda nuevos profesionales y hacer un curso en el IAE, la mejor escuela de negocios del país. Ese curso me lleva a una Fundación para trabajar en escuelas rurales de toda la Ruta 40. Y algunos nombres de redes que se fueron consolidando para dar vida a numerosos talleres: el CMD, la Competencia Naves, Microsoft, CeAc, Fundación Moirú, Avancemos de Ashoka, Nodo Tau, Ciudad de Buenos Aires, INTEL, CAF, MercadoLibre, Oscus, UNR, aceleradoras, concursos, nodos barriales, municipios, gobiernos, clientes, voluntarios, estudiantes y profesionales, partners, siempre, todos, socios cómplices. Una de las primeras grandes enseñanzas de Huellas Digitales, fue que mi propósito no es el de los otros, no tiene por qué serlo. Que yo haya considerado y estado segura, que la tecnología era “el camino” o “la solución”, se desarmó cuando León, mi primer alumno, después de haberle conseguido trabajo, me dijo “No venimos acá para conseguir trabajo, venimos por otra cosa”. Es que claramente, en la vulnerabilidad hay deseo, hay propósito y yo diseñé un proyecto social sin preguntarles a ellos qué querían.

De ese taller inicial, surge, fundo, una empresa, la primera de impact sourcing de Latinoamérica, convocada por una aceleradora: Arbusta. Enseñábamos tecnología en contextos de vulnerabilidad y vendíamos esos servicios a grandes empresas, muy grandes empresas. Creo yo que fue el amor de mi vida laboral. Una mala red de socios me obliga a irme, a dejarla, con el dolor y angustia, que se dejan los partos que uno realmente ama. Ahí el gran aprendizaje fue que no importa la idea, sino con quiénes la llevamos adelante. El equipo es clave, el rol de los mentores, del contexto, del entorno. Yo les juro que sufrí mucho, que me dolía cada vez que veía una publicación de mi ex empresa porque la sigo amando y de hecho en mi rol actual, probablemente la contratemos. Como sanando esa gran herida. A lo que voy, mi profunda vocación de comunidad fue incompatible con los valores de mis socios y no estaba dispuesta a vender una cosa por otra, a vender inclusión mientras mis propios socios, condicionaban mi desempeño.

Pero la propia red, el amigo de un amigo, tiempo después (que es ahora mismo), me devolvió la posibilidad de rearmar, de ayudar a rearmar a través de otros, esa misma empresa para incluir a comunidades trans. Para seguir siendo interfaz. Ahí empecé ese anteriormente mencionado, proceso de sanación, con la red al rescate. Siempre “dependiendo” de otros, en un mundo que tiende a la independencia, que prefiere evadir. No nos tiene que dar miedo la articulación, porque no podemos sin articulaciones.

En el medio, entre un trabajo y otro, pasaron muchos más: Techint, el miedo de las corporaciones y finalmente durante más de 3 años “marqué tarjeta” y re-construí varios programas existentes, sin perder, realmente, esa vocación, debatiendo con soldadores y gerentes de mantenimiento, sobre Freire, corroborando que no es el espacio lo que nos condiciona, aunque a veces nos limite, corroborando que no estaba dispuesta a renunciar a mi vocación, a que se puede ser intrapreneurship si no estamos dispuestos a traicionarnos. De hecho, solía olvidarme que laburaba en una fábrica multinacional que producía acero, hasta que escuchaba al CEO. Mi compromiso era con el área de “Relaciones con la Comunidad”.

Paralelo a ese trabajo, me convocaron desde el Ministerio de Educación de la Provincia para darle vida a un emprendimiento hermoso: el Vuelvo a Estudiar Virtual, un plan educativo de inclusión social que me llevó a dimensionar el impacto de generar proyectos a otra escala: no ya para un barrio, sino para una provincia, para miles de personas que por algún motivo u otro, no habían podido finalizar sus estudios y se daban a sí mismos, otra chances.

Y  comencé luego de eso, la fundación de la Fundación de la Bolsa de Comercio de Rosario, comprometidísima con una misión: la sosteniblidad y el cambio de paradigmas. Para pasar de un modelo de vinculación con la sociedad desde la filantropía y la caridad, a otro modelo de largo plazo, a otro modelo conectado con la escucha atenta y responsable de las necesidades de todas y cada una de esas partes.

Aquí en este punto, quiero detenerme, a conversar sobre cómo el propósito, esa ocasión que descubrí, se conecta –como los puntos, hacia atrás, con la sostenibilidad.

No hay trabajo posible, no hay vinculación genuina con el otro, sino es desde uno, desde lo que uno ama, desde lo que a uno le apasiona, desde, como dice Steiner, “El ser humano ejerce su efecto en el mundo no solo con lo que hace, sino sobre todo con lo que es”. Y esto me hace pensar a la conversación con una amiga, una vez, que aseguraba de su devenir cotidiano: “no es lo que hago, es lo que soy”. Por lo tanto, indefectiblemente con lo que hacemos/somos, con lo que “semos”, afectamos al mundo y ahí hay un nuevo punto de cont7ujacto con la sostenibilidad.

Con la sostenibilidad entendida desde este concepto, que nosotros promovemos desde la Fundación BCR:

  • Desarrollar soluciones efectivas para el cambio,  requiriendo la colaboración activa del gobierno, del mundo empresarial y de las organizaciones de la sociedad civil.
  • Implica movilizar la responsabilidad colectiva para enfrentar problemas y desafíos sociales, apostando por la cooperación y la defensa del interés general.
  • Implica también hacernos cargo del mundo que nos toca, de la accountability, del ser co-responsables del mundo que habitamos.
  • Incorpora soluciones disruptivas que aseguren además, escalabilidad y replicabilidad.
  • Como apunta Griffa, “se trata de aquel proceso que atiende las necesidades de la generación actual sin sacrificar el capital natural, tomando en consideración las necesidades de las generaciones futuras, que también tienen derecho a disfrutar de los bienes de la Tierra y de la cultura. En definitiva se trata de no vivir más allá de nuestras posibilidades; no quemar nuestra casa para mantenernos calientes ni cortar la rama en la que estamos sentados; vivir de los intereses y no del capital. En el presente, la humanidad se encamina hacia un desarrollo sostenible con un fuerte acento y orientación hacia el ser humano y no hacia el desarrollo per se. (…)Porque en verdad, acerca de lo que se discute permanentemente cuando hablamos sobre todos estos temas es sobre la dignidad humana, un concepto omniabarcante que entre otros incluye el de la dignidad del trabajo y la libertad de poder ser (porque trabajar es mucho más que solo recibir una remuneración a cambio o percibir un ingreso económico. Trabajar significa capacidad para transformar la realidad, libertad para crear, independencia, emancipación y plenitud. Cuando uno trabaja forma parte de algo mucho más grande y trascendente, que es participar con su propio esfuerzo de una red que construye valor para todos, tanto en el plano público como económico y social. (…)La sostenibilidad y la regeneración se constituyen entonces en un nuevo paradigma que nos permite aproximarnos a la realidad desde un abordaje holístico, en el que el hombre deberá pensarse formando parte de los ecosistemas y fomentando e impulsando la creación de valor, tanto a nivel económico como público, político, social, ambiental y espiritual.”

Sería insostenible que quisiera hacer feliz al mundo, cocinando. No está conectado conmigo, no es lo que soy, ni lo que me representa. NO me hace feliz, no podría hacer feliz a alguien más. No podría movilizar ninguna responsabilidad, mucho menos colectiva sino fuera desde mi propósito, desde el para qué.  Y cuando hablo de movilizar responsabilidades colectivas, también implica conmover a otros, moverse con/a otros. Y en algún punto, la explicación está en la naturaleza de los mensajes que nos conmueven.

Simon Sinek  es un divulgador inglés que estudió específicamente y por años, cómo se constituía el mensaje de líderes y de empresas líderes. Y seguramente escucharon hablar de este concepto: “the Golden circle”. Asegura que la gran mayoría de las empresas tiene claro a qué se dedican o qué hacen (“WHAT”). Algunas incluso tienen una conciencia plena de cómo lo hacen o qué procesos siguen (“HOW”). Pero lo que muy pocas empresas tienen claro es la misión de por qué lo hacen (“WHY”). Y es eso lo que nos conmueve o nos provoca de las empresas, la gente no compra nuestro qué hacemos. Compra nuestro para qué.

Por eso es tan clave saber el para qué de nuestra vida, el por qué más profundo, qué nos mueve, cuál es nuestra vocación, qué nos hace que cada día, aún habiendo ganado la lotería, decidamos despertarnos, vestirnos, caminar, tomar el cole, dos coles, e “ir a trabajar”.  De esto, se desprende otro concepto: la integralidad. Nos han formado en una cultura de “equilibrar la vida personal con la vida laboral”. Eso, ya no existe. Parte de este cambio de paradigma tiene que ver con entendernos desde la unidad, desde la integralidad, con que no es mi otro yo, el que va a trabajar y el que se queda en casa. “No podemos ser personas buenas, sólo después de la 6 de la tarde”, explicaba uno de los fundadores de B Corp. El mundo está lleno de personas que manifiestan no querer estar donde están, no querer hacer lo que hacen. ¿Y saben qué? El tiempo es una invención humana como dijera Facundo Cabral y el que trabaja de lo que no ama, aunque esté todo el día haciéndolo, es un desocupado, porque lleva a su casa, un pan envenenado, un pan que lo traiciona.

 

El propósito, considero que hace nuestra vida más sostenible, porque además, funciona como un filtro, como un catalizador. Yo entendí que el mundo me duele, me duele la injusticia, la falta de acceso a oportunidades, la violencia, la pobreza. Pero ese dolor, no podía detenerme y por eso traduje esa vocación a una acción permanente. Y el propósito es el gran catalizador de proyectos. Ante todo, ante tanto para hacer, sólo puedo sumar/me a proyectos, ideas, espacios, en los que pueda seguir exponenciando y haciendo crecer lo que hago, lo que soy, pero que si o si tiene que hacer crecer a otros. Aquí entra, cómo decimos que no, incluso, a posibilidades de crecimiento. A más puestos o más dinero, si eso no se alinea con nuestro foco y ni hablar, si eso no se alinea con nuestros valores y en algún punto, midiendo el “peso afectivo” de las decisiones. ¿Aumenta mi potencia? Preguntaría Deleuze.

Tampoco creamos que la concreción y búsqueda del propósito es un lugar cómodo. Para nada, no es romántico estar todo el tiempo reflexionando. Las crisis de sentido, forman parte de esta dinámica. Y de hecho hace poco estaba con ese cuestionamiento: ¿Lo estoy dando todo? ¿El mundo espera más de mí? ¿El mundo necesita más de mí? ¿Cuánto más puedo entregar/me? ¿Cuánto – como dice Griffa – futuribles, es decir futuros posibles, puedo seguir edificando para estar plenamente siendo/haciendo lo que me hace sentido?

Igualmente, quiero comentarles algo, que también lo aprendí haciendo pero lo pude conceptualizar, leyendo, la vocación es incluso más fuerte que nosotras mismas. Podemos hacernos las distraídas, podemos “probar” una ruta u otra, pero cuando encontramos el propósito o el propósito nos encuentra (guiño guiño), no queda otra que dejarlo ser, hacerlo emerger, traducirlo en acciones, en agenda. En organizaciones, en emprendimientos, en empresas que se ven afectadas por nuestro propósito. Cuando yo fundé Arbusta, me sentí plenísimamente conectada conmigo misma.

Si nos volvemos teal, en vez de ponernos objetivos en la vida y determinar su dirección, aprendemos a soltar y a escuchar esa vida que quiere ser vivida a través de nosotros. Como dice Parker Palmer en su libro “Let your life talk”

Una vez comprendemos la vocación, nos encontramos con que tras ella hay una verdad que el ego no quiere escuchar porque amenaza su territorio: todos tenemos una vida distanta del “yo” de la conciencia ordinaria, una vida que está intentando vivir a través del “Yo” que es su recipiente.

Toma tiempo y experiencia sentir la diferencia entre ambas; sentir que, por debajo de la superficie de aquella experiencia, que consideramos mi vida, hay una vida más profunda y más verdadera, esperando ser reconocida.

O sea, nuestro propósito se puede traducir en organizaciones reinventadas. En organizaciones teal, en empresas con propósito, en instituciones conectadas con su verdadero sentido de ser. También en empresas sociales, empresas de triple impacto o empresas B que podemos desarrollar.

No quiero desperdiciar con ustedes, los conceptos que Federic Laloux expone en su libro “Reinventar las organizaciones”, cuando con una sutileza profunda, describe a las organizaciones teal:

  • Son organizaciones en las que se persigue la auto realización
  • Hay un giro de los criterios externos a los criterios internos en la toma decisiones: nos preocupa la rectitud interna: ¿Se siente bien esta decisión? ¿Estoy siendo fiel a mí mismo? ¿Esto está alineado con quien siento que estoy llamado a ser? ¿Sirvo al mundo?
  • Las personas tenemos menos miedos egóticos y podemos tomar decisiones arriesgadas pero armonizadas con nuestras convicciones profundas.
  • Nos impulsa una sensación de integridad y autenticidad
  • Desarrollamos una sensibilidad hacia situaciones que no sentimos del todo correctas y que nos lleva a actuar
  • En el teal, nuestro viaje hacia la rectitud interna, impulsa una búsqueda introspectiva de quiénes somos y de nuestro propósito en la vida.
  • Laloux cierra su maravilloso capítulo asegurando como tantos otros, que “la meta absoluta de la vida no es tener éxito sino (…) convertirnos en la expresión más auténtica de nosotros mismo”

Es así entonces que la búsqueda de nosotros mismos quizás requiera más silencio, más introspección, más de recordar cuándo, haciendo algo específico, fuimos no sé si extremadamente felices, sino extremadamente, nosotras mismas. Eso implica ir reconociendo nuestro propósito. Es sostenible si y solo sí, le hace mejor al mundo. Genera cambios, genera organizaciones más sanas y conectadas con el ser/humano, espacios cuidados y cuidadosos.

No quiero dejar de cerrar, que no es cerrar, sino con algunas reflexiones

  • Como dice Charlie, mi novio “pensá blanco, sentí blanco, decí blanco”.
  • Dijo Mark Twain: “Los dos días más importantes de tu vida son el día en que naces y el día en que descrubre por qué”

Y este brevísimo cuento de Susana Tamaro, que una abuela le escribe a su nieta y que ella debiera encontrar, ante la muerte de quien la hubiese cuidado. Es simple, es contundente pero tiene que ver con cómo nuestros propósitos se van desarrollando, se van consolidando y que tienen

Y ahora, ovejita, ¿dónde estás? Estás allá lejos mientras escribo, entre los coyotes y los cactus; cuando estés leyendo esto, probablemente estarás aquí y mis cosas ya estarán en el desván. Mis palabras, ¿te habrán puesto a salvo? No tengo esta presunción, acaso tan sólo te hayan irritado, habrán confirmado la idea ya pésima que de mí tenías antes de marcharte. Tal vez sólo puedas comprenderme cuando seas mayor, podrás comprenderme solamente si has llevado a cabo ese misterioso recorrido que conduce desde la intransigencia a la piedad. Piedad, fíjate bien, no pena. Si sientes pena, yo bajaré como esos duendecillos malignos y te haré un montón de desaires. Lo mismo haré si en vez de ser humilde eres modesta, si te emborrachas de chácharas en vez de quedarte callada. Estallarán las bombillas, los platos se caerán de los estantes, las bragas irán a parar a la araña central, no te dejaré tranquila desde el amanecer hasta bien entrada la noche, ni un solo instante.

No es cierto: no haré nada. Si estás en alguna parte, si tengo la posibilidad de verte, sólo me sentiré triste tal como me siento cada vez que veo una vida desperdiciada, una vida en la que no ha logrado realizarse el camino del amor. Cuídate. Cada vez que, al crecer, tengas ganas de convertir las cosas equivocadas en cosas justas, recordá que la primera revolución que hay que realizar es dentro de uno mismo, la primera y la más importante. Luchar por una idea sin tener una idea de uno mismo es una de las cosas más peligrosas que se pueden hacer. Cada vez que te sientas extraviada, confusa, pensá en los árboles, recordá su manera de crecer. Recordá que un árbol de gran copa y pocas raíces es derribado por la primera ráfaga de viento, en tanto que un árbol con muchas raíces y poca copa a duras penas deja circular su savia. Raíces y copa han de tener la misma medida, has de estar en las cosas y sobre ellas: sólo así podrás ofrecer sombra y reparo, sólo así al llegar la estación apropiada podrás cubrirte de flores y de frutos.

Y luego, cuando ante vos se abran muchos caminos y no sepas cuál recorrer, no te metas en uno cualquiera al azar: sentate y esperá. Respirá con la confiada profundidad con que respiraste el día en que viniste al mundo, sin permitir que nada te distraiga: esperá y esperá más aún.  Quédate quieta, en silencio, y escucha a tu corazón. Y cuando te hable, levanta y andá, donde él te lleve

 

 

 

 

 

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