El encanto, la vida y el azar

 Anaclara Dalla Valle – Federico Bobbio 

Los hechos fueron claros. El empleado del municipio se retiró de su puesto laboral después del almuerzo. Sin distinguir bien entre el calor y el cemento salió a la calle, la ciudad era una olla a presión.

En esta etapa de su vida solía recordar, digamos diariamente, el llamado de su madre cuando la comida estaba lista. Revivía la misma ansiedad con la que corría urgente a la cocina-comedor respondiendo. Sólo que el llamado hoy le llegaba de otra manera. Hoy le estaba llegando, definitivamente…

Por fuera de sus rutinarios recorridos, sus días los dedicaba a la búsqueda de un amor. Así exactamente, a una metódica y planificada secuencia de acciones que debían desencadenar en el encuentro, según sus intenciones, final. Había leído tanto a Julio o lo suficiente para haberse detenido en aquella frase: “La eligen, te lo juro, los he visto”. <3

En reglas generales era un tipo de mitades, no necesariamente incompleto. De poco acercamiento a los extremos, algo tibio. No se sentía un gran merecedor, pero sabía que las oportunidades debían aprovecharse. Era un convencido de la transformación a partir de las ideas. Tendió siempre lentamente a un confort promedio. Casi músico, casi contador, casi todo, de todo un poco. Sin ambigüedades, puede decirse que no había mucho o prácticamente nada de meritorio en su vida insípida, excepto por aquella obsesión que lo transformaba de manera extrema y de manera indefectible, lo hacía un poco único.

En medio del vapor de Noviembre se abrió camino hacia su departamento del centro. A oscuras atravesó el corredor del edificio, paso a paso. Las paredes tapizadas de setentismo detenidas en un vintage sobrio y apagado, algo cinematográficas, siempre lo motivaban en la llegada a casa, lo iban ambientando.

Giró la llave dos vueltas. Con la mecánica cotidiana sumergió su cuerpo entero en el hogar prendiendo las luces, navegando de aquí para allá, apagándolas y finalmente abriendo la persiana. La luz del sol entró empujada por un vaho espeso, y él comenzó a desvestirse. El menú aleatorio lo acompañó al escritorio del living y ahí retomó la labor, como siempre, cara a la pantalla, frente a la ventana.

La transformación entonces empieza a suceder, la travesía que lo lleva de aquel zozo personaje a un investigador inagotable, la procesión liberadora. De alguna manera su locomotora creativa rompe la quietud y se vuelve más y más enérgica, inercial, subterránea, salvaje.

Se crea un túnel directo entre sus ideas y los resultados en pantalla. Un espectáculo de movimientos seguros, confesos, un ritual fluyendo.

En paralelo procesa datos de distintos artículos, de toda índole: ciencia, pseudo-ciencia, astrología, astronomía, astrofísica, moda, tendencias y de múltiples redes sociales… Enuncia ideas, define figuras, calcula. En breves líneas esboza una especie de manifiesto escrito en lápiz.

Su método consiste en dar configuración exacta a todos estos estímulos y canales para lograr, eventual y finalmente, una alteración direccionada de su estado de conciencia. Su método es una fórmula.

Así, una vez sincronizado el punto correcto, manifiesto pasado en limpio, llegan los momentos de revelaciones. Su espalda contra el respaldo de la silla, cabeza hacia atrás, los ojos blancos, espasmos suaves lo acompañan.

Envuelto en lo profundo, no se preocupa por imaginarla físicamente, no. No va por ahí. La concentración va hacia la definición de las circunstancias, la alquimia del encuentro, los nervios previos, el instante, cómo se burlarían del azar con un par de onomatopeyas emergentes, la manera en que las partes se unirán para ser un capítulo aparte para la mirada común de ambos.

Trascender oportunidades,

burlarse del azar;

cuando se dé la ocurrencia en la realidad:

Reconocer la chance.

Abalanzarse decidido.

Es entonces cuando la calma inunda la habitación y otra noche húmeda de verano lo encuentra dormido frente a la ventana abierta.

Ella en cambio no era una mujer promedio, o mejor dicho, no era una mujer de tibiezas. Creía en el riesgo, en el coraje, creía en eso de jugársela. Creía en el fuego y en que era siempre preferible sufrir a costa de haber vivido, que pasar por estos tiempos, a salvo de heridas y risas. Ella era de esas mujeres que trabajaba por placer y convicción pero que además despuntaba el vicio de escritora cada vez que su agenda ajetreada se lo permitía. Iba a fondo y hasta el fondo siempre, salvo con ella misma, en la mayoría de los casos, la incoherencia y las dudas solían hacerla desbarrancar. Había llorado unas cuantas veces en esa búsqueda inconsciente pero constante del amor o más que nada de la historia de amor para contar. Si no era contable, si no era narrable, no era historia, no era amor. ¿No era amor? Estaba trabajando en una mesa contra la ventana –solía sentarse siempre contra las ventanas o contra algún rincón-  de un bar cuando él pasó y la vio. Cuando él, con un paso cabizbajo y templado, pasó y se frenó. Escribía y escribía, trabajaba frenéticamente aislada  del universo paralelo que se supone la realidad. Cuando él pasó y se frenó, mirándola sin pudor. Mirándola con una perplejidad dudosa y poco cotidiana. Mirando cómo seguía en la suya, trabajando y conversando con sus ojos algún tema sin percibir la detención del mundo del empleado municipal, que quietito y atónito, seguía en la ventana.

Podría haberse asustado, podría haber creído que él era lo que en realidad hacía, podría haber notado su obsesión sin demasiada dificultad, podría haberse imaginado que las intenciones de ese transeúnte pasajero no eran las ideales, podría haber tenido pudor o miedo o necesidad de despreciar la admiración relativa de un desconocido. Podría haber sentido todo lo que no sintió. Pero ¿se puede elegir? Ella levantó la cabeza, se frenó en la mirada detenida que la contemplaba decididamente y sin prejuicios. Sin pretextos. No sabe si fue ella o el aire, pero algo como un aleph emergente, se detuvo en una (otra vez) sincronía densa como el calor que se seguía sintiendo.

Sonrió. Leve, sentidamente, despacio. Tan tenue como pudo haber sonreído, más tenue de lo que hubiera imaginado ser. No sabía que era tenue. No sabía que podía sonreir con sutileza. Nadie sabe bien de qué hablaron sin hacerlo. Ni qué se dijeron sin pronunciar siquiera una vergonzosa palabra. Pero ese momento pareció saber cómo ir por su cuenta, sin pedir permiso. Sin pedir nada más que la sensación de un rizoma. Y de vuelta la frase. Y de vuelta la obsesión y la proyección de él, que no pudo contener la ansiedad de ver todo lo que podrían ser de darse la mano, de emprender el camino, de ser el resultado de la búsqueda: él se imaginó el mundo al lado. Se imaginó las mañanas, las charlas noctámbulas, la incipiente incomodidad de las presentaciones familiares, asumiendo el tan planificado hallazgo, el viaje a las sierras y el bar al costado del río, se imaginó las caminatas a la tardecita y el olor a pasto recién cortado, las comidas que haría de sorpresa en invierno, la desnudez agitada, las despedidas anticipadas que sufrirían para volver a mirarse, con más pasión, los mates después de cenar, las desgracias que tendrían que compartir, de compartir los días, los poemas que se leerían cada vez que hubiera lluvia afuera o adentro, cada vez que pudieran permitirse momentos de luminiscencia.

El seguía del lado de afuera, ella seguía inmersa en la tibieza detenida hasta que siguió escribiendo, escribiendo sobre el encuentro fugaz y atónito de dos desconocidos que habían comprendido en ese momento que las búsquedas suelen provocar y sacudir y exponer y desarmar. Que hay mucho de milagro en los encuentros. Que hay mucho de imaginario subjetivo y de idealización en los encuentros. Que quizás todo se trata de una lúgubre mistificación con la que sobrellevamos la cotidianeidad. Que uno encuentra en el otro quién sabe qué cosa y quién sabe cuán real es. Que el encanto está en el invento. Que uno no sabe qué encuentra cuando encuentra, muchos menos cuando se encuentra. Que las miradas están pobladas de fragilidades y abrazos. Que nada es tan real como parece ni tan mágico como se vive. Que el mar no necesita justificar su existencia.

El empleado municipal no quiso despertarse. Entendió finalmente que no se puede elegir… Que al fin al cabo se trataba de un rayo, que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. O del sueño. O de la vida.

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