el aleph de acá

- ¿El Aleph?
-Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, visto dsde todos los ángulos.
Jorge Luis Borges

La Beatriz Viterbo, obscenamente enamorada de su primo, venerada por un Borges jamás ciego de tan ciego pasó por Pujato. Como prueba y aclaración supo confesar en algún artículo publicado luego de su muerte, que también había vivido el Aleph y que el extrañamiento ante el infinito fue de los mayores espasmos atravesados. Fue culpable del éxtasis en su producción. Pero como vio un Aleph, vio dos. Lo vio acá. Lo vio en la pieza de mi abuela Anita Lincho (devenida Lincho, de origen Lynch). Lo vio en el rincón de la pieza, debajo de la cama, al filo del patio de mandarinas, nogales y limoneros, enredaderas y jazmines vencidos. Gallinas, naranjos y alambrado.

Beatriz vio lo que poco después de leerla, con el mismo espasmo con el que ella vio el primer universo, vi al agacharme en la aún pieza del fondo. Debajo de la cama, al filo del patio. En ese rincón, que me pertenecía desde un tiempo a esta parte, en un aún más pequeño rincón de ese rincón, también yo vi el Aleph.

Vi esas mismas tropas americanas que Borges relató, muchedumbres, ríos, animales y junglas, vi las cataratas que no tenemos acá, vi el hambre de mi mamá en la Navidad del 77, vi a los desaparecidos, vi el frío. Vi el agua de una pileta de verano y el cielo reflejado, vi las 7 de la tarde de todas las estaciones, vi su sol y sus árboles, vi la violencia de la espalda del que se va en tren, lo ví a mi amor de jardín, indiferente y al lado me vi leyendo de niña, vi al boulevard, vi a los borrachos del bar en la esquina, vi al bar descascarado, vi muchos paraísos florecidos, vi las vueltas en bicicleta. Vi las manos de las madres y sus hijos en las escuelas, vi a los inmigrantes que no aguantaron la quietud de Pujato, de Santa Fe, de Argentina. Vi trabajos amontonados, sucesivos y rabiosos, vi a la rutina, a los bancos, vi la plaza, vi a los novios de siempre, vi al circo con sus gitanos, vi unos ojos morochos que no volvieron, vi al silencio transitando la ruta a la hora de la siesta, vi la siesta, vi en el cementerio a los amigos que no debieron haberse ido, vi sus accidentes y sus ojos en la última mirada, vi a los hijos que no tendrán. Vi la primavera en que festejamos el reencuentro, el recuerdo, vi las fiestas a las que no me invitaron, vi el desprecio, la envidia y la gloria en un abrazo. Me vi, los vi a mis hermanos y a sus familias y a la gran familia que siempre vieron todos que fuimos, que somos, vi el universo, vi al mundo contenido en un pulgar, repartido y encimado, atolondrado mundo, universo repentino. Vi al aleph. Lo vi acá.

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